“El Principito” en el desierto de Almería

La imaginación y fomentar los sueños, son buenos aliados en estos tiempos raros donde la realidad nos golpea, con más o menos fuerza, una y otra vez. Por eso, cumplidas varias décadas, deberíamos releer el clásico literario “El Principito”, una obra de Antoine de Saint-Exupéry que nos ha marcado a tantas generaciones (hasta hacer un uso abusivo y poco original de sus fragmentos en enlaces nupciales) y que las prisas, la rutina y el día a día nos ha llevado a perder su esencia por el camino.

El musical de “El Principito” en el Auditorio Maestro Padilla fue una buena oportunidad para reparar en todo ello. Una representación teatral infantil enfocada para el disfrute en familia. Y como no tengo pequeños a mi alcance, fui acompañada de una amiga cuya niña anda encerrada a regañadientes en el cuerpo de una adulta que creció demasiado deprisa. Con todas nuestras mejores expectativas y decididas a disfrutar del espectáculo con ojos de niño, nos sentamos en el patio de butacas.

Destacar la calidad interpretativa de los actores, reconociendo expresamente la voz de la actriz que hace de Principito. Mención aparte merece el trabajo de los pequeños del coro que actúan, cantan y bailan, probablemente empatizando más que nadie con el público más joven y despertando las envidias por el privilegio de estar sobre las tablas. En la puesta en escena, la música en directo de un pianista, oculto tras una seda negra, se hace imprescindible. El uso de otros elementos artesanales convierte en una sala de juego el escenario.

En determinados espectáculos pueden resultar molestos los comentarios de niños pero rodearte de ellos en este musical, se convierte en algo enriquecedor y divertido. Alegra escuchar sus sonrisas, como cantan las canciones y expresiones de tipo “mamá esto es impresionante” cuando el Principito a hombros de su amigo el Piloto, invade el patio de butacas mientras globos de colores cuelgan sobre el escenario. O el entusiasmo que ponen al sacar sus pañuelos rojos simulando ser un campo de flores. Tampoco falta el que dice “me quiero ir a casa, no lo pillo”. La espontaneidad e ingenuidad del protagonista proyectada en los pequeños, nos hace retroceder a otra edad.

Entre los movimientos, las luces y las canciones, quizás los niños no reparen en las reflexiones que el Principito hace sobre la vida, la soledad, el amor, los hombres… Pero espero que su imaginario quede algún eco de frases como: “los hombres no tienen tiempo para hacer las cosas, por eso, las compran hechas en las tiendas y como no hay tiendas que vendan amigos, no los tienen”; “el desierto esconde un pozo de agua en cualquier parte” o “hay que mirar con los ojos del corazón, lo esencial no se ve”.

Pese a todo ello, puedo entender que para un adulto la experiencia resulte decepcionante, y lo comparto porque la lectura de El Principito, en su momento, fuera tan enriquecedora que este musical puede saber a poco. Aunque si asistir a la representación incita a la lectura del libro entre los más pequeños, les puede compensar a aquellos que los tengan.

Probablemente el Principito me echaría una reprimenda al relacionar su nombre con un tema económico, pero tengo que mencionar el esfuerzo que han hecho las familias almerienses al pagar entradas entre 12 y 15 euros por persona.

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